Zoom-In a Calderón
La muerte de un amigo, sobre todo cuando esta es repentina, es desgarro sin igual. Más allá de la rodilla que se dobla, de la voz que se entrecorta, una historia, una arista del futuro se cancela. En la muerte de un amigo, la memoria es frustración.
Con la tragedia de Francisco Blake, encuentro a Felipe Calderón, al hombre sin la banda presidencial, orillado, obligado a una segunda soledad (lamenta aún, siempre lo hará, lo de Camilo Mouriño). Sabe que no hay comparativa, pero acaso piensa, tropezadamente, en el lamento de José María Morelos al saberse sin Mariano Matamoros, sin Hermenegildo Galeana: "se han acabado mis dos brazos, ya no soy nada". Calderón respira, o mejor dicho, resuella. Toca su frente y se pregunta si, a pesar de todo, murió feliz Maximiliano, compartiendo ese último instante con Mejía y Miramón. Ahora cierra los ojos y aprieta sus sienes, casi escuchando los disparos contra Madero y Pino Suárez, en aquella Decena Trágica. No se percata, pero al fin, y por sólo unos segundos, ha olvidado -caprichoso trocar de las preocupaciones por la muerte- las responsabilidades que tanto se le imputan en este rojo sexenio: ahora, al civil como todos nosotros, al hombre, le duelen los suyos, sus más cercanos en el día a día.
Y su mayor escozor, como a muchos nos ha pasado, es que las muertes así no permiten despedidas, palabras finales. Su mayor escozor, es que ha de explicar a la nación algo que él mismo no entiende.
Señor Presidente, iniciamos en cadena nacional en cinco segundos...
